Descripción
Actualmente, la agricultura utiliza el 11% de la superficie terrestre para la producción de cultivos. El área cultivada ha aumentado un 12% en los últimos 50 años, y la producción agrícola ha crecido entre 2,5 y 3 veces debido a un aumento significativo en el rendimiento de los cultivos. Sin embargo, este progreso ha estado acompañado por una degradación generalizada de los suelos, especialmente en regiones tropicales como América Latina y el Caribe (FAO, 2011, 2012). En esta región, la deforestación y las prácticas agrícolas inadecuadas han contribuido a la pérdida de la calidad del suelo, lo que afecta su capacidad para proporcionar servicios ecosistémicos esenciales (FAO, 2016).
La calidad del suelo es un desafío global: más de la mitad de las tierras cultivadas —concentradas en regiones como el África subsahariana, América del Sur y Asia sudoriental— presenta serias limitaciones. En países de bajos ingresos, la situación es aún más crítica: solo el 44% de los suelos cultivables están en condiciones aceptables. La principal barrera para la productividad agrícola en estas regiones es la deficiencia de nutrientes, un problema que afecta a casi una cuarta parte de los suelos de manera significativa (FAO, 2012).






